Hoy me desperté de nuevo pensando en ella. Debe ser lo último que he soñado, aunque no lo recuerdo.
He vuelto a ver sus ojos azules vacíos, con vida, pero sin conciencia apenas. Esos ojos en los que busqué en lo más profundo algún atisbo de la persona que era antes. De nada sirvió. Ya no es ella. Por más que me duela, la he perdido.
Hablaba conmigo, me preguntaba cosas, pero en realidad no esperaba respuesta. Ni siquiera sé si me veía a mí o a quién.
Hoy más que nunca me doy cuenta de las mentiras que nos cuentan los cuentos de Hadas. ¿Cómo puede haber un final feliz? Al fin y al cabo es un final y los finales, por el mero hecho de serlo, siempre son tristes. En este caso más. Es el final de una vida. Y qué final...
Yo me esperaba cualquier otra cosa menos esto. Podría haber esperado algo súbito, repentino. Podía haber esperado que se apagara como una vela, se consume toda la cera y poco a poco, despacito, se va empequeñeciendo la llama hasta que finalmente desaparece.
Pero no podía esperar que de la noche a la mañana se alienara su mente mientras su cuerpo se quedaba postrado en una cama. La miras y es ella, pero sólo el envoltorio externo. La miras mejor y te das cuenta que ya no es ella. No tiene su sonrisa, no tiene sus ademanes, no tiene su sabiduría, y sobre todo, no tiene su mirada. Nunca pude imaginar cómo me dolería mirarla y no verla. Verla y no reconocerla.
Pienso de nuevo en que estoy acertada en mi ateísmo, porque si existiera un dios como el que describe el catolicismo, esto no estaría pasando. Es simplemente la vida, conocida por todos y tan extraña que nunca sabemos lo que nos depara.
Lo entiendo, pero aún así no puedo evitar que me de rabia, que me consuma la impotencia y al pensarlo broten mis lágrimas. ¿Por qué a ella? ¿Por qué así? Ha sido generosa, cariñosa, amable, querida por absolutamente todos. No se lo merece. ¡NO SE LO MERECE!
Si de alguna manera que se escapa de mi mente, llegas a leer estas líneas sabrás que están dedicadas íntegramente a ti. Pero más que a ti, a tu injustísimo final.
Quiero que me perdones por todo lo que va a pasar. O lo que ha pasado, si lo lees después. Perdóname porque no volví a visitarte más. Perdóname por no velar tu cuerpo, compartiéndolo con desconocidos. Perdóname por no ir a escuchar la perorata del que se dice sacerdote. Perdóname por no ir a poner flores a un trozo de mármol que guarda un manojo de huesos que usaste algún tiempo. Perdóname por excusarme con mentiras piadosas para no tener que hacer nada de eso.
Me conocías mucho, más que la mayoría. Éramos, no, somos, más parecidas que nadie. Sabes que te quiero con locura, sabes que te adoro y sabes que eso no va a cambiar. Sabes que desde ya te extraño. Sabes que me duele mucho no tenerte, porque desde que miré en tus ojos vacíos ya no te tengo. Sabes que siempre te llevaré en mi corazón y en mi mente. Sabes que mis futuras generaciones te conocerán a través de mis palabras. Sabes que no morirás del todo porque siempre estarás en nuestro recuerdo.
Hasta siempre mi querida “bisa”.